dust of time
Fotograma del film ‘The Dust of Time’ (Angelopoulus, 2008): en la escena aparece el personaje de A, director de cine muy afamado que se conmueve con la pintura del ángel caido y la tercera ala.

Un vals por el río, así llamaría el director a la bella pieza musical que inundaba el salón de grabaciones de Cinecittà, y que sería el tema principal de su propio ejercicio del deber de la memoria: la película The Dust Of Time (2008). Una referencia nerudiana que inspiraría en su universalidad a este drama amoroso de posguerra.

Allí no solo se develan los padecimientos que el totalitarismo de la URSS había dejado caer sobre Europa –análogos al terrorismo de Estado de derechas–, sino las nuevas heridas abiertas por las guerras desencadenadas tras la caída de los socialismos reales. El espectro del Manifiesto entonces se conjugaba con el mito poético del Otoño de las Naciones y la tercera ala del ángel caído: la esperanza de que la memoria fuere una prerrogativa universal tan valiosa como el derecho humanitario.

Esa era la visión de Theo Angelopoulus, quien abandonó el ejercicio del derecho para dedicarse a un cine comprometido con las claves culturales que la represión estatal había instalado en Grecia y Rusia. Misma impronta que el jurista Adolfo Veloso, en la Región del Biobío y en la Universidad de Concepción, fue capaz de defender durante la transición democrática, no sólo respecto de Chile, sino de los horrores de las dictaduras de izquierda.

Dueño de una gran imaginación poética, su perspectiva invitaba al análisis con vocación global. Así, a fines de los años 90’, el derecho y el deber de la memoria se abrieron paso en su discurso –cuando algunos consideraban prematuro su carácter de ius cogens–, pues el recuerdo de las víctimas era el mayor antídoto contra la impunidad histórica, moral y judicial de quienes se prevalieron del Estado para infundir terror y aplicar justicia vulnerando los DD.HH. Mas, lo suyo no era una entelequia, sino la aspiración a una lucha de reconocimiento de este derecho de última generación.

Su elegante figura de internacionalista, su prudencia, su crítica a la realpolitik y su buen humor hicieron de él un ícono: ahí, en sus conversaciones, estaba el apretón de manos de Aldo Moro y Enrico Berlingüer, las cartas de Václav Havel y Mandela, o Vlad Putin cruzando Berlín.

El 20 de febrero de 2006 nos dejó, mismo día que Angelopoulus anunciaba el proyecto The Dust Of Time.

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