Beijing consenso

La semana pasada la visita del Primer Ministro chino Li Keqiang fue considerada un hito para el modelo de relaciones exteriores que Bachelet ha pretendido construir para Chile, aunque su debate y lineamientos son escasamente conocidos por la ciudadanía. Una estrategia de posicionamiento geopolítico a la par de Brasil, el coloso latinoamericano, donde se juega no sólo el enfoque del desarrollo y la cooperación como prerrogativas fundamentales, sino un hecho histórico: participar en el reemplazo del Consenso de Washington por el Consenso de Beijing.

Durante décadas China ha buscado el control sobre el FMI y el Banco Mundial, insignias de la gobernanza económica de la ONU y el criticado modelo de intervención neocapitalista. En el último lustro su discurso se ha renovado por la tesis del ‘soft power’, aludiendo a una realpolitik revisionista no beligerante, cuya vocación hegemónica necesita de aliados y en dicha senda nuestra cancillería progresa a pasos agigantados. Bástenos recordar las flamantes postales de la gira chilena en la cumbre de los 25 años de la APEC: mientras el movimiento Democracy bullía en Hong Kong, la presidenta lideraba en Beijing la iniciativa de crear la zona de libre comercio del bloque y era la única mandataria recibida en el gran Palacio del Pueblo, el mismo que vio morir a las miles de víctimas de Tiananmen.

El Consenso de Beijing (2005) — su exitosa estrategia de desarrollo—, el Libro Blanco de Latinoamérica y el Caribe (2008), y el Plan Quinquenal para el Desarrollo Económico y Social (2011-2015) son los instrumentos ideológicos para su conquista macroeconómica del continente. Asimismo la creación del Banco Asiático de Inversiones de Infraestructura y su capitalización del Banco del Sur serán el brazo ejecutor de multimillonarias obras de las que Chile será beneficiario preferencial.

Por eso, los 18 acuerdos de cooperación económica firmados con el país asiático coronan anticipadamente la gestión de Bachelet ya que, pese a los escándalos de corrupción y a su caída en las encuestas, cambiará —en parte— la fisonomía de la desigualdad en Chile. Tendremos entonces el financiamiento para una sociedad de derechos garantizados, aunque los chinos seguirán clamando por más democracia y DD.HH.

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