Abbas CPI

El 2014 ha sido el capítulo más dramático del conflicto palestino-israelí en 4 décadas y termina con dos hechos contradictorios que definen la ‘real politik’ de la ONU: la diplo-economics, a decir de John Kerry. Así, mientras el 30 de diciembre se rechazaba en el Consejo de Seguridad la propuesta de un plan de paz —dando ventaja a Israel—, al día siguiente Mahmud Abbas arremetía con una estrategia, un tanto tardía, que acaparó los titulares de la prensa: entre las 23 adhesiones a pactos internacionales que firmaba estaba la del Estatuto de Roma, base de la Corte Penal Internacional.

Es una amenaza de resultado jurídico incierto, pero un triunfo político que lo empodera en su lucha diplomática contra la desigualdad. Pese a no ser un Estado, y más allá de la crisis interna o de la persistente negativa de su ocupante, los futuros crímenes de guerra, de lesa humanidad y el genocidio, podrían ser investigados y sancionados. Incluso, a través de una (¿ilusoria?) remisión de competencia legitimada por la responsabilidad internacional de proteger.

En pocas horas, la entidad de gobernanza global se mostraba presa de una nueva geopolítica. Por un lado, Israel blindado gracias a su alianza con Alemania, EE.UU. y China; y, por otro, el aspirante Estado Palestino apoyado por los ricos árabes. Sin duda, los caminos conducen hacia los yacimientos gasíferos sin explotar de los territorios ocupados y la construcción del mayor puerto comercial del África que financiaría Qatar. Fueron éstas las razones —y no las acusaciones del supuesto apoyo al terrorismo islámico o la venganza contra la operación Margen Protector— para negarse al plan de negociaciones (2015-2017) auspiciado por la Liga Árabe y la Autoridad Nacional Palestina. Una salida pacífica que terminaba con el rol arbitrador de EE.UU, garantizando un gobierno de unidad nacional y un parlamento democrático, además de la aplicación de la justicia transicional y el rescate financiero de la zona.

Abbas, al fin, dio el primer paso hacia la Pax Palestina, enfrentándose a la encrucijada: continuar bajo el statu quo de los mínimos humanitarios, o abrirse a la diplo-economics para construir un Estado soberano que repare los 66 injustos años de la Nakba.

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