EL CRIMEN DE TIBERINE Y LA DEFENSA DEL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

Los monjes trapenses de Tiberine, Argelia

Hace ya 17 años que el crimen de los monjes trapenses de Tiberine en Argelia, se convirtió en un poderoso y conmovedor testimonio de defensa de los derechos humanos y de comunión interreligiosa. Secuestrados por supuestos islamistas el viernes 26 de marzo 1996 (previo a la pascua) y ejecutados casi dos meses después, su legado cobra vigencia en tiempos de guerra, islamofobia y neoantisemitismo. Nunca antes el mundo —como en los últimos tres años— fue testigo de imágenes tan crueles del drama de Medio Oriente, norte de África y parte del Asia musulmana e hindú. Siria, Palestina, Barein, Mali, República Centroafricana y Myanmar, son todos escenarios de actual represión indiscriminada en nombre de la religión. Por eso, frente a esas crisis humanitarias y de gobernabilidad, que vulneran los derechos fundamentales y libertades, el desafío es contribuir a la paz prescindiendo de la acostumbrada violencia de las intervenciones militares extranjeras. Una vía política para ello, entre otras, es la defensa del diálogo interreligioso como un límite al poder de las potencias y sus lastres de la guerra fría.

El caso Tiberine, es emblemático por varias razones. Primero, porque es indiciario de la violencia de principios del Siglo XXI y, según algunos, una muestra de la criticada teoría del choque de civilizaciones de Samuel Phillips Huntington. Más allá de este debate, nuestro tiempo ha sido inaugurado por los atentados de Al Qaeda del 11 de septiembre del 2001 y con ello el modelo del terrorismo trasnacional. Segundo, porque dichos sacerdotes, adelantándose a la gestión diplomática de Juan Pablo II, desarrollaron abiertamente una política de cooperativismo y comunión con todas las religiones de la zona en que vivían. Esto ocurría en paralelo a las limpiezas étnicas de la ex Yugoslavia, Ruanda y Afganistán, por lo que su denuncia se convirtió en un eje importante en la política exterior del Vaticano. Tercero, porque ejercieron un rol de garantes de la libertad religiosa en un país, cuyo Estado de derecho estaba casi suprimido. Finalmente, porque es un proceso de derecho penal internacional que aún no está resuelto y que, a la luz de la doctrina más actualizada, requiere que Francia y el Vaticano tengan un rol más activo en exigir justicia y reparación.

Aquellos ocho sacerdotes franceses ejercían una influencia en la localidad que provocó las suspicacias de todas las fuerzas en juego. Les precedía una historia de casi medio siglo de constante enfrentamiento entre los grupos independentistas de Argelia y las fuerzas de Francia, su colonizadora. El precario equilibrio en los valles y montañas de Tiberine estaba controlado por los monjes. Atento al devenir de un pueblo heterogéneo en su composición étnica y religiosa, el prior, Christián de Chergé formó una comunidad donde todos podían participar como iguales. Más allá de la contemplación y la oración, la idea era comulgar juntos en los sacramentos. Por casi 20 años, las dependencias del Monasterio Atlas de Tiberine, fueron durante el día una verdadera ecclesiae. La pascua, las circuncisiones, los bautizos y matrimonios, eran conmemoraciones de católicos, coptos, judíos, kurdos, bereberes y una amplia mayoría musulmana. Aunque los flancos estuvieran abiertos y el gobierno se empecinara en pedirles que dejaran esas tierras, por los peligros y amenazas contras sus vidas, los imanes (pastores islámicos) eran sus aliados.

En esos años, las tesis de teólogos como Hans Küng o el filósofo Roger Schutz de la Comunidad anglicana de Taizé eran combatidas por los sectores más conservadores de la Iglesia Católica y del modelo más tradicional de conducir la política internacional, todavía acosado por la guerra fría. Küng, apodado el “azote del pontificado” o el “anti-Papa”, ya en la década del 70 planteaba la tesis de una ética global, universal, derivada de un acercamiento y diálogo sincero entre todas las grandes religiones. Más que una diplomacia de iglesias, planteaba la legitimidad del rol político y civil de éstas contra los abusos de poder de los gobiernos y los atentados a los derechos humanos. Hoy es él quien defiende el planteamiento de una Primavera Vaticana para el catolicismo, y preside la Fundación para la ética global, una instancia de convergencia de diversos credos y que colabora con víctimas en distintos puntos del planeta: los niños kurdos y musulmanes de Siria, las mujeres de la Amazonía en el Brasil o los jóvenes en Irán. Por su parte, con una visión más centrada en el cristianismo, la tesis del diálogo ecuménico estuvo encarnada en Roger Schutz, quien siendo un téologo protestante, se dedicó a la vida del sacerdocio en la Comunidad de Taizé. Esta iniciativa comenzó como un centro de reflexión a finales de los años 40 en Francia y su doctrina era reconciliar las religiones cristianas a través de una oración común, que contribuyera a proteger y garantizar los derechos políticos en zonas de conflicto. Él mismo fue víctima de la limpieza nazi y vivió la discriminación de aquellos años. De forma lamentable murió a manos de una fanática religiosa antiecumenista en el año 2005.

Los detractores de ambos defienden la laicicidad del Estado y las democracias liberales como instituciones autónomas, impermeables a cualquier postura de diálogo entre religiones con una función política. Es decir, donde hay violencia y conflicto no entran los temas de Dios. El punto es que la mayor parte de los conflictos entre Estados y al interior de ellos han estado fundados en la intolerancia religiosa. En efecto, desde el momento en que la libertad de conciencia y libertad religiosa están consagradas tanto en la Declaración Universal de Derechos Humanos como en el Pacto de Derechos Sociales, Económicos y Culturales, entre otras, su vulneración atañe a toda la sociedad. Su reivindicación es política. No se refiere al contenido de la religión ni a la injerencia de las iglesias en los poderes del Estado, sino en la resolución y prevención de conflictos que el Estado y su sociedad civil no pueden solucionar. Por ello, tampoco es eficaz como un recurso de última ratio, sino que debe ser un instrumento de participación e inclusión que humanice el pacto social fundante de los Estados.

Desde la perspectiva histórica, cabe recordar que el siglo anterior fue el de los grandes genocidios religiosos como, por ejemplo, el de los armenios entre 1915-1917 por Turquía, el de chinos católicos a manos de japoneses en 1937-1938, el de judíos por Alemania entre 1942-1945, y el de musulmanes en la ex Yugoslavia y el de Ruanda, ambos en 1995. De forma más cercana, el acoso y las hostilidades permanentes de parte del Estado de Israel hacia los palestinos en los territorios ocupados en Gaza, o la represión chiíta del Sheik de Barein contra su propio pueblo son casos de flagrante vulneración de los derechos humanos por parte de aparatos y políticas públicas de los Estados. Otro ejemplo difundido en las redes sociales es el caso de Siria y la represión religiosa del gobierno aleuita contra sunitas (un caso intraislam) y el temor de cristianos y kurdos a los rebeldes. Los intereses cruzan las diversas religiones y después de dos años, la primavera árabe se ha convertido en una masacre sin fin. Más de 70 mil ejecutados, un millón de niños huérfanos, 500 mil desplazados, y una elite que se enriquece y empodera, dejando a los civiles en el abandono. Mientras las críticas arrecian contra la nueva dirigencia neoliberal de los rebeldes, sacerdotes de distintas iglesias piden el cese al fuego, entrar en las negociaciones de la ONU y aplicar la responsabilidad internacional de proteger.

Los monjes de Tiberine, no dejaron la vida contemplativa y su estricto orden monástico, sino que ejercieron su libertad enriqueciendo su fe y su acción civil gracias a la comunión con otras religiones. La laicicidad del Estado no es una barrera a estas tesis. Es más, solamente en un Estado laico y en democracia pueden existir condiciones de respeto para el diálogo entre los credos. Hoy, a tres lustros de su muerte se conocen nuevas declaraciones de testigos que indican que sus captores no fueron los yidahistas del GIA (Grupo Islámico Armado), sino agentes militares del Estado. Los acusaban de colaboracionismo con fuerzas paramilitares escindidas del gobierno. Durante los dos meses de cautiverio se estuvo negociando con el gobierno francés, pero el Vaticano fue excluido de las tratativas. Cuando el 21 de mayo de 1996 se encontraron sus cabezas decapitadas en las montañas aledañas, Juan Pablo II rogó en el Angelus por las conciencias de aquellos que rechazaban la labor de los trapenses y también por quienes les negaron participar de las negociaciones. Las calles de París, aunque bullentes de laicismo y marchas anticlericales en otros tiempos, se repletaron de ciudadanos pidiendo justicia por los 8 trapenses de Tiberine. Y para los musulmanes comenzó un tiempo de encierro.

Aquel desenlace fatal y la etapa de islamofobia que vendría fue prevista por el prior de Tiberine en su Testamento:

“No podría desear una muerte semejante. Me parece importante declararlo. En efecto, no veo cómo podría alegrarme del hecho de que este pueblo que amo fuera acusado indiscriminadamente de mi asesinato. Sería un precio demasiado alto para la que, quizá, sería llamada la gracia del martirio, que se debiera a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si dice que actúa por fidelidad a lo que supone que es el Islam. Sé de cuánto desprecio han podido ser tachados los argelinos en su conjunto y conozco también qué caricaturas del Islam promueve cierto islamismo. Es demasiado fácil poner en paz la conciencia identificando esta vía religiosa con los integrismos de sus extremos. Argelia y el Islam, para mí, son otra cosa; son un cuerpo y un alma”. 

El valor de la acción de las distintas religiones en pro de resolver los conflictos humanitarios y frenar las fobias que se incuban en las ideologías extremistas, debe ser entendida no como una intromisión, sino como un límite contra los abusos del poder. Esos excesos pueden incluso ser ejecutados por individuos sin jerarquía, pero con una convicción plena de temeridad como el islamófobo noruego Anders Breivick, el popularmente llamado “genocida de Utoya”. La libertad religiosa y de conciencia son valores políticos universales, que no pueden ser despreciados como derechos de menor jerarquía. Y es en nombre de esa libertad que la ética política de gobernantes y gobernados, exige un diálogo transversal entre los credos, frenando el separatismo religioso, en especial donde el Estado de derecho ha sido suprimido.

*Publicado en Diario El Mostrador, Chile

Anuncios