PUTIN Y EE.UU

Pragmatismo político, mayor control de la matriz energética europea y empoderamiento financiero de las Brics son los objetivos de Vladimir Putin. En este escenario, la lucha ideológica de la Guerra Fría que muchos temen, está descartado. Un enfrentamiento armado o la tensión permanente de acciones militares terminarían minando las finanzas rusas y enriqueciendo sólo a algunos de sus capitales. Además se arriesgaría el control del mercado del gas alcanzado en el último cuadrienio. Tartús en Siria, Suez en Egipto y Sebastopol en Ucrania son los puntos que consolidan su estrategia. Por eso, este es el momento preciso para dialogar con EE.UU y ofrecer una hoja de ruta que institucionalice y legitime la anexión de Crimea ante la ONU.

Los resultados de dichas negociaciones marcarán la suerte de otras crisis precedentes que siguen poniendo en juego la paz mundial. La guerra en Siria —donde la actual discusión de la conferencia de Paz también involucra a EE.UU y Rusia—; las hostilidades y atrocidades de Kim Jong Un en Norcorea—defendido por el gobierno moscovita—; y, la tensión entre Israel e Irán —bajo el plan de desarme nuclear—, constituyen los tres frentes paralelos de definición de Putin y Obama. Cada uno de estos conflictos ha acaparado la atención del Consejo de Seguridad de la ONU y siempre las sanciones y resoluciones de intervención humanitaria han recibido el veto de Rusia, evitando su aprobación.

En París, pese al fracaso de la conciliación entre John Kerry, secretario de Estado norteamericano, y, su par ruso, Sergéi Lavrov, existe optimismo. La propuesta de Putin es la desmilitarización progresiva de las zonas limítrofes, previa reforma constitucional en Ucrania, a fin de que se constituya en un Estado Federal. Ello habilitaría a Moscú la mantención de su predominio sobre las regiones del este y del sur, dejando el resto del país al control del actual Gobierno y sus inclinaciones por la U.E.

El devenir de este pacto debiere levantar el veto ruso en el Consejo de Seguridad de la ONU, instancia donde Chile no puede ser sólo un testigo privilegiado, sino un actor que contribuya a la defensa de la justicia universal. Así, la autonomía de los pueblos y los DD.HH podrían abandonar la retórica y recuperar su carácter de dogma jurídico.

*Publicado en Diario de Concepción, martes 1 de abril del 2014

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