ADOLFO VELOSO FIGUEROA

 

Vestía siempre de traje sastre y con finas lanas de Bellavista Tomé. Mas lo suyo no era la ostentación, sino la austeridad y el aprecio por la buena confección. El corte clásico y los colores beige o azul marino con línea diplomática, combinados con corbatas de seda italiana, eran sus predilectos. Un abogado y académico, distinguido y afable, cuyas caminatas encontraban en sus alumnos y políticos más sencillos, una nueva estación de viaje.

Era él quien invitaba a un mundo donde el derecho y la política internacional, los conflictos armados, la historia de Chile o la última novela de moda en Europa, eran los temas recurrentes. Abundaban divertidas alusiones a las películas sobre la Guerra Fría, las mafias del Este, y los enredos de la Stassi, la CIA y la KGB. Con inalterable optimismo, evitaba mencionar, si no era necesario, los crímenes de lesa humanidad y la barbarie que se cierne sobre las tiranías. El trasfondo: cómo evitar aquello y contribuir —en plena globalización— a la ética y al Estado de Derecho.

Más allá de su militancia socialista y larga carrera política, muchos dan fe de su compromiso con la democracia, los DD.HH. y la tolerancia. Durante la dictadura, su prudencia estuvo siempre inspirada por una férrea solidaridad con las víctimas del régimen y, ya en democracia, su preocupación por la persecución penal contra agentes del Estado y la reconciliación fueron incesantes. Tanto, que nos evoca a personajes entrañables de la filmografía de Lean o Visconti, tan laicos y resilientes como generosos. Aquellos hombres que, arriesgando sus vidas o su lugar en la elite, se esmeran en el restablecimiento del derecho y la justicia, con una profunda misericordia por el otro. Nos recuerda también humanistas excepcionales como Arístide de Sousa y Ángel Sanz, los ángeles de Burdeos y Budapest. Ambos fueron reconocidos diplomáticos que, contracorriente, salvaron las vidas de miles de judíos en Francia y Hungría durante la ocupación Nazi.

Nos dejó hace 8 años, el 20 de febrero. Su querida Escuela de Derecho de la U. de Concepción, su partido y sus alumnos lo recordamos como el símbolo de una revolución que se acerca: la sociedad de derechos garantizados y la democracia constitucional.

* Diario de Concepción, martes 25 de febrero del 2014

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