Merkel, la canciller del statu quo

Mientras los países de la eurozona todavía debaten sobre recortes presupuestarios y los gobiernos se debilitan, la reelección de Angela Merkel, es considerada por algunos como un hito: la consolidación de un nuevo modelo de política. Uno que desearían exportar hacia Latinoamérica bajo las comparaciones con Dilma Roussef o Michelle Bachelet. Sin embargo, nada más alejado a ello. El suyo es, ante todo, el triunfo del statu quo político de Europa. Ese alabado liderazgo lejano a las elites partidarias o económicas que representaría; su sencillez y rechazo a las marcas de lujo, a pesar de su costosísimo carterón Longchamp o su último collar de ónix y oro; su renovada inspiración maternalista —gracias al marketing—, y sus opciones de “centro-centro”, no son elementos determinantes de la gobernabilidad. Menos, de cara a las claves de poder e intereses que hay detrás del estilo merkeliano: por un lado, un discurso evasivo, sin carisma ni proclamas que otrora defendía su partido, la CDU; y, por otro, la férrea vocación hegemónica sobre el control de la crisis de la eurozona.

Es cierto, la canciller alemana, este 22 de septiembre pasado, ha logrado lo que ninguno en la cuna del Estado social de derecho: hacer del continuismo, de la ausencia o simplificación del debate, y de los éxitos de su gobierno predecesor, la receta para vencer. Con 59 años de edad y 8 en el gobierno, su tercera victoria no se debe a una centroderecha definida por sus partidos de coalición, sino a la dogmática de los mercados estables y seguros, según la receta germana. Si, Konrad Adenanuer, con quien muchos la comparan, venció en 1957 bajo el lema “Sin experimentos” —en el esplendor de la doctrina democristiana, la economía social de mercado y la libre concurrencia—, la nueva dama de hierro, lo hizo sin más programa que el de la Canciller del statu quo.

Los factores de su elección

Si bien no es un éxito arrollador, el 41 % del total de votos alcanzado por la Canciller para este tercer periodo —la cifra más alta obtenida en los últimos veinte años por un candidato—, es una muestra evidente de la fidelidad de los alemanes al conservadurismo encabezado por la CDU. Han quedado en el pasado la debacle democristiana de mediados de los 90’, corruptelas y exacciones ilegales de dineros del fisco que echaron por tierra la panacea de la primigenia tercera vía y enterraron liderazgos de la unificación como el de Helmuth Kohl.

Varios analistas coinciden, al menos, en tres factores que explican este resultado.

Ante ese evidente estancamiento y banalidad de la contienda política, sin otra opción que “dejemos las cosas como están”, o el lema oficialista del “gobierno en las manos seguras”, es que muchos hablan de la sociedad política germana como un gigante sonámbulo o ironizan con la bella durmiente del corazón de Europa, aludiendo al imaginario de Kassel y los hermanos Grimm. Incluso el afamado Jürgen Habermas, cuestiona la conducción de Merkel y sus planes para la crisis, afirmando que han sido “las elites políticas las que han llevado a un fracaso colectivo”.

El primero, haber cosechado los éxitos de la Agenda 2010, un plan de reformas estructurales presentado el 2003 por su criticado antecesor, el socialdemócrata Gerhard Schröder. No sólo bajó la cifra de desempleo a través de incentivos fiscales y la consolidación del mercado del empleo mínimo, originando denominaciones técnicas como “minisalario” y “miniempleo”, sino que aplicó un sistema de reducción draconiana del gasto público. En especial, en aquellas partidas relativas a derechos sociales, eliminando subsidios laborales, previsionales y de salud. El broche de oro, en tanto, ha sido el fortalecimiento de la alianza con la banca privada, que ha devenido en una proliferación del mercado crediticio y de las ‘sociedades de inversiones para todos’. Fueron tales las alabanzas de los mercados, que tras el colapso de Grecia, comenzó su exportación a los salvatajes de Grecia y Chipre, así como a los planes preventivos de España, Italia, Portugal y Francia.

El segundo coadyuvante es la “desmovilización asimétrica” que ha venido practicando con gran destreza desde la campaña anterior y que se afianza como un prodigio en los llamados partidos “profesionales”. Las ventajas de su estrategia radican, sin arribar a los extremos del populismo, en la adopción de las propuestas de sus contrincantes que sean populares, neutralizando las opciones electorales y llamando, cada tanto, al centro político. Esa ductilidad y atemporalidad, la convierte en la primera canciller post-política de Alemania. No muestra mayores compromisos ideológicos al negociar, siempre y cuando se dé la imagen de competencia y consenso. Por ello, no sorprenden ya los giros sobre asuntos controvertidos como, por ejemplo, el tan celebrado abandono de su estrategia nuclear por una irrestricta negativa a la energía nuclear luego del desastre de Fukushima, Japón.

La tercera circunstancia: la menguada credibilidad de su principal adversario, Peer Steinbrück del Partido Social Demócrata. Si bien los estilos son opuestos, pues Steinbrück es un polemista que increpa, golpea la mesa y, en pos de la audacia publicitaria, exhibe fotografías que lo retratan con ceño fruncido mostrando el dedo medio de la mano, lo cierto es que es lo más cercano al paradigma merkeliano. Fue su ministro de Finanzas entre los años 2005-2009 y a él se debe parte importante de la implementación de la Agenda 2010. La misma que hoy paradójicamente tanto reprochan él y su partido. Merkel y Steinbrück no serían tan diferentes.

La nueva hegemonía alemana: la austeridad draconiana

Ante ese evidente estancamiento y banalidad de la contienda política, sin otra opción que “dejemos las cosas como están”, o el lema oficialista del “gobierno en las manos seguras”, es que muchos hablan de la sociedad política germana como un gigante sonámbulo o ironizan con la bella durmiente del corazón de Europa, aludiendo al imaginario de Kassel y los hermanos Grimm. Incluso el afamado Jürgen Habermas, cuestiona la conducción de Merkel y sus planes para la crisis, afirmando que han sido “las elites políticas las que han llevado a un fracaso colectivo”. Son ellas las que han silenciado el debate interno y han aceptado forzar a los países del sur a imponer, en plena recesión, medidas de excesiva austeridad, pero niegan sus responsabilidades en los efectos regresivos sobre la población. Por su parte, el connotado sociólogo Ulrick Beck, aborda en su reciente libro “Una Europa Alemana” las consecuencias de la controvertida receta germana y el debilitamiento de la democracia a que conlleva.

En respuesta a las intensas críticas, hace un mes, el ministro de Finanzas, el también democristiano, Wolfgang Schäuble, ha publicado en los principales medios de prensa internacional una defensa del modelo germano. Bajo el título de “Una Europa no alemana”, argumenta que “ahora disponemos de normativas más vinculantes, frenos a la deuda nacional y un potente mecanismo de resolución de crisis que permite ganar tiempo para hacer reformas. Lo siguiente será crear una unión bancaria que reduzca aún más los riesgos tanto para el sector financiero como para los contribuyentes”. Ergo, los juicios contra Alemania, estarían errados y motivados por un debate insustancial “a menudo caracterizado, lamentablemente, por las recriminaciones recíprocas y la arrogancia mutua y en el que los estereotipos y prejuicios nacionales que se creían superados hace tiempo vuelven a mostrar su peor cara”.

 Un gobierno para la U.E. y la Social Democracia

Una vez que el Partido Liberal, compañero de pacto de Merkel, quedó fuera del Bundestag por no alcanzar el mínimo del 5% que exige la ley para integrar la cámara, bien podría haber formado gobierno únicamente con cristianodemócratas. Incluso fue tanto el exitismo de las primeras horas que el periódico Der Tagesspiegel tituló al día siguiente: ¿Para qué necesitamos a los partidos si tenemos a Merkel?

Sin embargo, para dar legitimidad a su gestión, en especial ante la UE, ha decidido formar un gobierno de mayoría. Para eso, busca revitalizar aquella coalición que le brindó su primer triunfo: la alianza con los socialdemócratas, los mismos que reniegan de Gerhard Schröder, quienes alcanzaron ahora un 27 %. Además el panorama la favorece: los partidos Pirata y Verde han mermado drásticamente su votación, y también la izquierda de Die Linke. Entonces, el camino está llano para tratar con los antiguos socios. El punto es que algunos creen que deberá dar un giro hacia la izquierda y emergen los ulteriores mitos de la ingobernabilidad. El Financial Times en su editorial del 25 de septiembre expone sobre la falta de aliados naturales para formar el consejo de ministros, pero no observa una izquierdización catastrófica.

En las negociaciones de la futura coalición “negro-rojo”, la líder de los cristianodemócratas ha prometido que avanzará en la reforma —y hasta revolución— de tres áreas, todas exigencias del PSD: la matriz y el mercado de energía limpia, un alza controlada de impuestos a la renta y al lujo, y la regulación del sueldo mínimo. Esta última mereceespecial atención, ya que el mercado laboral no ofrece las garantías más elementales de una economía propia de la OCDE, con un esquema de menguada sindicalización, sin subsidios, y una risible atomización de los sueldos, denominada “minisalarios mínimos”. Alemania es, a todas luces, una rareza al no tener definido por ley un sueldo mínimo desde la posguerra.

Una vez conformado el gobierno, sin duda, que la legitimidad de esa vocación política “sobreextendida en su soberanía”, continuará provocando controversias, ahora al interior de la nación. Más aún bajo una Alemania cuya economía se desacelera, aumentan los empleados precarizados, y crece la brecha de desigualdad de éstos con los más ricos. El poder merkeliano no es el rescate de la antigua CDU, esa de Adenauer o Kohl, si no la de los “adelantados de las finanzas” y relativistas como Wolfgang Schäuble o el alicaído Karl Zu Gutemberg, el joven senador delfin de la elite merkeliana que cayó en desgracia tras descubrirse que copió la tesis doctoral que tanto reconocimiento le brindaba. Las críticas superficiales a Merkel sobre su estética, su vestido de terciopelo azul de gran escote, o su corte de pelo, son nimiedades ante el inmovilismo político generalizado de las elites germanas. No es sólo la canciller, sino el espectro político completo el que ha contribuido al desmoronamiento silencioso de la democracia, tanto dentro de Alemania como fuera de ella, ahí donde sus rescates han sido implementados. Es toda la elite la que ha asentado el poder de la canciller del statu quo.

 

* Análisis publicado por Diario El Mostrador, 3 de octubre del 2013, Chile

 

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