Egipto bajo amenaza de 'shock'

Mujeres protestan en apoyo a la Hermandad Musulmana y el derrocado presidente Mohamed Morsi

El golpe militar del general Abdel Al Sissi, a principios de julio, ha borrado casi por completo los anhelos de la primavera árabe en Egipto, abriendo con ello un complejo escenario político, donde represión y neoliberalismo económico son el binomio fundacional de un nuevo orden. Es así que la prensa global da cuenta de una avasalladora polarización política, remeciéndonos con imágenes de violencia y titulares que advierten sobre una inminente guerra civil. La última jornada de mayores enfrentamientos —14 de agosto— ha despertado la condena internacional, pues al desalojo y ataque de campamentos de familias completas seguidoras del depuesto presidente Morsi, ha seguido la dictación del Estado de sitio. Aunque al comienzo algunos Jefes de Estados, emires, cancilleres y diplomáticos apoyaron tibiamente al nuevo gobierno, ahora rechazan los excesos y crímenes propios de una dictadura. Tanto que un conmovido Ban ki Moon, secretario general de la ONU o una locuaz Catheryn Ashton, encargada de Asuntos Exteriores y Seguridad de la UE, ya hablan de flagrantes atentados contra los derechos humanos. Por supuesto, cómo prescindir de las transmisiones en vivo y en directo de Al Jazeera sobre las multitudinarias marchas, lo que nos recuerda las atrocidades del caso sirio: más de 300.000 muertos, tres millones de desplazados, miles de huérfanos y mutilados.

La situación se ha agudizado tras la arremetida de los liberales. El paradigma minimizador del Estado, de privatizaciones y desregulación de mercados, es el principal objetivo de un gobierno apoyado por los militares y que parece blindado ante los antiguos ímpetus de laicismo, democracia, equidad e, incluso, islamismo. Bien le recomendó la editorial de The Wall Street Journal, a pocos días del derrocamiento de Morsi  —precisamente a cuarenta años del golpe de Estado en Chile—, que éste es el momento de cambiar el destino de Egipto y para ello la receta de la dictadura de Pinochet y el modelo del prominente Milton Friedman, son el mejor camino. De esa forma, invitaba a los militares a dejar la economía y la Constitución en manos de expertos (Chicago boys) y sentarse a esperar un nuevo Egipto neoliberal, el cual tras el shock de las bayonetas, la desmovilización social y la represión emergerá como faro de las libertades de oriente.

Así, han pasado seis semanas desde el golpe —o pronunciamiento militar— y la perplejidad impera en las redes diplomáticas y sociales. Las mismas que erigieron hace un bienio a los jóvenesbloggeros y twitteros egipcios —ultrafamosos por sus apariciones en The New York Times y la revista Vogue norteamericana— en líderes de la democracia. Esos orgullosos que se autorreconocían responsables de la caída del tirano Hosni Mubarak, los que postularon colectivamente al Premio Nobel de la Paz de 2011 y que, hasta hace muy poco, celebraban emocionados la dimisión obligada de Mohamed Morsi y la asunción de Al Sissi. Sin embargo, la decepción rápidamente se ha apoderado de sus posteos. Las restricciones, las detenciones, las violaciones masivas a mujeres activistas y las ejecuciones forzadas o ataques contra los musulmanes, en plena celebración del Ramadán, ya no son del agrado de esos jovencitos.

EL AÑO DE MORSI, EL TEMOR A UNA TEOCRACIA Y LA CONSPIRACIÓN DEL NUR

El gobierno de Mohamed Morsi, cuya duración sólo alcanzó a un año y tres días, —tras la junta militar que siguió a la caída de Mubarak—, representó un punto de quiebre con la historia de las últimas cinco décadas de la política egipcia y, de ese modo, un paradigma para toda la región que se debate entre la viabilidad de una democracia islámica, una democracia liberal o los eternos gobiernos militares. Su elección, gracias a una segunda vuelta y poco más del 51 % de los votos, constituyeron el primer intento de la Hermandad Musulmana por construir una vía democrática al poder. La agrupación fundada en 1928, ha sido perseguida y proscrita por su defensa de la shariay sus vinculaciones a ciertos grupos extremistas salafistas. Todo ello cambió en el año 2007 cuando optaron por la vía política y no violentista, fundando el Partido Libertad y Justicia, el único con real asentamiento territorial, cuyos electores y militantes pertenecen al decil más pobre de la población.

No pasaron muchos meses para que el miedo a una Teocracia egipcia, símil de la revolución del régimen chiíta del Ayatola Hommeini en Irán, apareciera. Real o ficticio, ha sido el argumento para el golpe. Factores como la elección de un nuevo Parlamento con mayoría del partido de Morsi, la conformación de una bancada de mujeres y la dictación de una nueva Constitución, además de un programa de gobierno con alta inversión en políticas públicas pro derechos fundamentales, no gustaron a parte del electorado liberal y tampoco a los más conservadores. Luego, las restricciones a las libertades y la peor crisis económica que haya enfrentado Egipto desde la década del 30, provocaron que la efervescencia ciudadana regresara a plaza Tahir. Casos de supuesta corrupción estatal, el desmantelamiento de la administración pública heredada de Mubarak, su pretendida injerencia en el Poder Judicial y su rol de mediador en pos de la intervención en Siria y la solidaridad con Hamas en la Franja de Gaza, incentivaron el levantamiento de derechas.

Sin embargo, el éxito de la operación “ultimátum” que diera el ejército al presidente Morsi, que terminó con la dimisión de éste el 3 de julio, no sería tal sin la ayuda del NUR y de parte de la intelectualidad de la derecha egipcia, así como del Poder Judicial. De una parte, el Nur, el partido más extremista en la defensa del islam político prontamente rechazó el plan de reformas de Morsi y brindó su apoyo a la oposición golpista. En tanto, en el mundo de los intelectuales Mohamed El Baradei, premio Nobel de la Paz, y los movimientos juveniles de elite que rechazan la antigua política, sirvieron de sustento moral a la oposición que acudió al ejército. Ya se han difundido comunicaciones entre militares, empresarios y académicos, que el 23 de junio notificaban su decidido plan de instauración de un gobierno de reemplazo. Morsi y su gabinete desestimaron la amenaza, que después, el 30 de julio se convertiría en un ultimátum público del Ejército. Los mismos militares que ayudaron a promover jerárquicamente, pasados unos meses, adoptaron el rol de golpistas. Menos se pudo repeler y reencausar el conflicto, cuando los tribunales y cortes —que tanto habían defendido su independencia— ordenaron las detenciones de la plana mayor del gobierno.

Por eso, no pocos, respondiendo a la receta del The Wall Street Journal, hablan del gobierno de Morsi como ‘la revolución del pueblo’ que no se fotografía en Luxor, que exige seguridad alimentaria, apoya las expropiaciones, la propiedad cooperativista y los subsidios. Así como a los mil días de Allende, le siguieron 17 años de dictadura con el general Pinochet, en el caso de los 368 días de Morsi, la bestia negra de Al Sissi comanda el ejército y el Ejecutivo sin plazo de caducidad.

EL ITINERARIO MILITAR Y LA REVOLUCIÓN NEOLIBERAL

El general Abdel Fatah Al Sissi, con 58 años de edad y más de tres decenios en el ejército, se ha constituido en el líder de facto de esta, como la denominan ya ciertos autores, tercera revolución egipcia, la neoliberal. Su imagen es para muchos la salvación del cisma socioeconómico heredado de la Hermandad Musulmana y su “fascismo teológico”, hostilidad revolucionaria ávida de nacionalizaciones. Claro, el general es la antítesis del dimitido Rais. Con un estilo más deportivo que sus antecesores militares golpistas y su gusto por los lentes Rayban para actos oficiales, su figura nos recuerda al general Pinochet haciendo flexiones y abdominales en La Moneda. Por cierto, con fluidez cita su propia literatura y textos sobre seguridad, democracia e Islam para dar a entender que está a la altura de los tecnócratas que ha integrado a su gabinete. Éste, incluye sólo a civiles, quienes serán los “garantes de la transición”, dirigidos por el Presidente, Adli Mansur, otrora presidente del Tribunal Constitucional, y él mismo, como autodesignado ministro de Defensa y Seguridad. La renuncia del vicepresidente El Baradei, el día 15 recién pasado, rechazando la gravedad de “la violencia de Estado”, representa un cambio en parte del gobierno, cuyos efectos han sido muy débiles.

En el diseño de Al Sissi, las reformas constitucionales y legales tienen un modelo ya conocido: el chileno. Mientras, según el plazo total de cinco meses, se convoca a nuevas elecciones parlamentarias y se aprueban las enmiendas a la Carta Fundamental, el Ejecutivo dicta decretos leyes en materias complejas, como son la política presupuestaria, la regulación de mercados y la dictación de Estados de Emergencia. La Constitución “remozada” será funcional a la estrategia de apertura de mercados, diversificación de la propiedad de la banca y de capitales. La progresiva desnacionalización de ciertos commodities, la rebaja de impuestos y créditos a la renta, la liberalización del mercado laboral, la instauración de un nuevo Banco Central “autónomo e independiente de los vaivenes políticos”, y una nueva estrategia de inversiones en la matriz energética, son los propósitos que deben coronar la acción de éste gobierno y del sucesor.

La fortaleza de Al Sissi radica en su rol de portavoz del ejército más poderoso del África y cuyo poder sobre la macroeconomía egipcia equivale al 40 % del PIB. El ejército es una gran maquinaria de empleos y de empresas, con control sobre la banca, y con una anquilosada estructura de gestión que desean “modernizar”. A esto ha contribuido la política norteamericana de maniobra conjunta, de ayuda militar e intercambio que sólo este año equivale a 1.500 millones de dólares. El papel de Obama ha sido errático frente a la crisis y su última jugada ha sido proponer el retiro programado de material de guerra, el mismo que ya circula por las calles infundiendo miedo. No por nada es el segundo país en recibir ayuda militar económica después de Israel y cualquier maniobra afectará poderosos intereses industriales.

Por otra parte, es cierto que la egipcia sea una economía dependiente, pero no de sus recursos naturales sino del gran invento del mercado de deuda pública. Morsi en su único año de gobierno recibió un préstamo de más de 8.000 millones de dólares por parte de Qatar, a fin de desarrollar estructura vial y energética. Ese plan no se ha ejecutado y el nuevo gobierno no está dispuesto a renegociar. No obstante, ha sido exitoso, pues ya en sus primeras horas, tras el juramento el 8 de junio, mientras se masacraba a fieles en el Ramadán, recibía la noticia de un fondo especial de inversiones de la Liga Árabe, equivalente a 12 billones de dólares. Sin embargo, dada la retórica actual de defensa de los derechos humanos, el Kissinger de Oriente como llaman al ex Sheick de Qatar, ha pedido el congelamiento de dichos fondos, mientras no se detenga la represión por parte del gobierno.

La expectación de los mercados ha hecho célebre en los círculos financieros a este militar. En una entrevista con The Washington Post, titulada ¿Correrá Sissi como candidato a Presidente?, el pasado 6 de agosto, se jactaba de su “cariño popular”. Aunque no descartaba ser candidato inmediato a la Presidencia, siempre bajo las reglas electorales de la Constitución, reconoció que no descansaría en su papel de férreo defensor del modelo, aun ejerciendo la represión y proscribiendo grupos peligrosos que incitan al odio o al fanatismo islamista, ya que son expresiones de terrorismo y éste es una amenaza global. Igualmente ha prometido que las bondades de occidente se podrán adquirir en Egipto y que su labor será bajar los niveles de pobreza e indigencia que alcanzan, según Christine Lagarde, a más del 50 % de la población, y que se intensificó en mujeres y jóvenes bajo la gestión de Morsi. Lo que no admiten Lagarde, Al Sissi y El Baredei es que como nunca antes los estratos más ricos boicotearon —en ese año y tres días— la accesibilidad a bienes de subsistencia con alzas de precios y baja oferta, además del ya ventajoso sistema de mercado de futuros de los granos egipcios.

DESMOVILIZACIÓN, REPRESIÓN Y LA INTIFADA DE LA HERMANDAD MUSULMANA

Morsi y los dirigentes de su partido han sido permanentemente acusados de delitos que exigen su prisión efectiva e incomunicada, sin posibilidades, por tanto, de ejercer rol político alguno. Por ello, ya se le compara con la estrategia de desmantelamiento ejercida contra los líderes de izquierda en Chile o la persecución a Mandela en Sudáfrica. Figuras delictuales tan variadas como “insultar al poder judicial”, “incitar y ser autores mediatos de homicidios y ejecuciones ilegales” —incluso de sus propios seguidores—, hasta la gravísima imputación de “traición al Estado”,  “espionaje” y “colaboración terrorista” con Hamas, la agrupación palestina.

Las acciones de la madrugada del 8 de julio y el 14 de agosto, han sido calificadas como masacres por observadores internacionales. Ambos ataques contra los miembros de la novísima “Alianza Nacional de Defensa de la Legitimidad Electoral”, integrada por los Hermanos Musulmanes y otros grupos islamistas, han demostrado el actuar criminal de la defensa y seguridad del régimen.

En respuesta, los líderes del movimiento no sólo llaman a rechazar la legitimidad de las negociaciones de Al Sissi con la diplomacia, sino a iniciar una intifada contra los militares, quienes además ahora se han imbuido del elixir neoliberal. Precisamente en tiempos en que las demandas por más Estado y sociedad de derechos garantizados aplacan cualquier pretensión abiertamente neoliberal por parte de los actores políticos. Advierten que el sistema internacional de derechos humanos está en peligro, pero que al igual que en Siria y la fuerza casi imbatible de Al Assad, este gobierno usará toda su potencia militar y apoyo de las potencias aliadas para diezmar a una nación en sus sectores más vulnerables y postergados. El canal de Suez, el petróleo, el statu quo histórico de la pax de África y Medio Oriente, bien ameritan la proscripción del primer ensayo democrático e islamista.

Nunca los golpes de Estado podrán ser calificados de acciones legítimas ante gobiernos elegidos democráticamente, por mucho desprecio que despierten sus consignas. Los liberales han querido apropiarse de la democracia para reestructurarla con las armas y la doctrina de los Chicago boys, sin medir los efectos. No en vano los 40 años del modelo siguen demostrando las profundas brechas de desigualdad que han marcado a fuego y, sobre todo, han marcado la más reciente historia del derecho con innumerables casos de crímenes de lesa humanidad en pos del libre mercado. Ante el mundo, más allá de las diferencias de Occidente y Oriente, ha reaparecido el fantasma de las peores acciones ejecutadas en nombre de la democracia y el laicismo por —el afamado— Gamal Abdel Nasser y sus émulos, o peor aún, el recuerdo del tratamiento de shock de Pinochet y sus 17 años de dictadura neoliberal, personificado en Al Sissi y su triunfalismo en las redes sociales.

Publicado en Diario El Mostrador, Chile

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