Aldo Moro, Chile y el camino de la Democracia Cristiana hoy

Aldo Moro, líder de la Democracia Cristiana italiana

Hace exactamente 35 años que Aldo Moro, presidente de la Democracia Cristiana italiana, fue secuestrado por miembros de las Brigadas Rojas abriendo una herida histórica para su país y para su partido que aún no logra cerrarse. Un secuestro y un fatal desenlace que significaron, según han declarado sus autores intelectuales y materiales, un infalible “ataque al corazón del Estado” (véase: Aldo Moro, el corazón del Estado). Punta de lanza que ha provocado una larga enfermedad de inmovilismo político para los italianos y ha dejado abierto el debate en la Democracia Cristiana internacional, en especial, en la chilena. La razón de este deleznable hecho, más allá del terrorismo, era evitar la implementación del “Compromesso Storico” en el gobierno. Un acuerdo fundacional que permitiría a los democratacristianos, representados por Giulio Andreotti, recibir el apoyo de los comunistas italianos a través de una “moción de confianza”, y, a cambio, estos últimos se incorporaban con ministros en el gabinete político, a fin de desarrollar una estrategia progresista y conciliadora.

Ello, pues la debacle chilena producida con el golpe militar de 1973 había alertado a toda Europa. Entonces fue un imperativo evitar un desenlace represivo y criminal contra los derechos humanos, así como las políticas de shock económico orquestadas por fuerzas neoliberales norteamericanas. Si antes la DC fue conciliadora con la derecha conservadora nacional y el Plan Marshall, hoy debía transitar hacia caminos de empoderamiento y de reforma social efectivos. Esta era la tesis de Moro, y ello habría de provocar la alarma de sus adversarios (La Flecha Roja).

Aldo Moro tenía una carrera de más de 40 años en política. Abogado penalista, parlamentario, redactor de la Constitución italiana, y varias veces Primer Ministro, era un conciliador, un defensor de la reforma agraria y de las tesis humanitarias en conflictos armados. Tenía 63 años cuando aquella fatídica mañana del 16 de marzo de 1978, su automóvil fue interceptado en una emboscada en Vía Fani. Venía de asistir a misa e iba camino al Congreso, al cual nunca llegó. Su chofer y 4 escoltas fueron acribillados por tres jóvenes a las 9:05. Sólo él quedó vivo. Portaba en sus maletines los documentos del “Compromesso Storico” y las garantías de la DC y el PC, estas últimas redactadas por Enrico Berlinguer, el líder del novísimo eurocomunismo. Los testigos del hecho, entre ellos secretarios de parlamentarios e incluso el diseñador Valentino, que hacían la misma ruta, son coincidentes: el camino estuvo sospechosamente despejado de tráfico. Una operación de alto nivel que, difícilmente, cuatro jóvenes, en la clandestinidad, sin jerarquía revolucionaria, carentes de educación y poder económico, podrían haber ejecutado.

El caso Moro es emblemático. Tras un cautiverio de 55 días y una fallida negociación de canje de 15 brigadistas presos por la vida del líder democratacristiano, vino un proceso revolucionario, con sus captores como jueces ad hoc. La sanción por culpabilidad en delitos contra la revolución, fundadas en su larga vida política, fue inmisericorde: la ejecución. En el tiempo intermedio, la prensa internacional difundió ampliamente el devenir del caso. La negativa del gobierno a interceder sobre el Poder Judicial y obtener el canje de los brigadistas. Las entrevistas y la carta del Papa Pablo VI, “pidiendo de rodillas” clemencia y misericordia por el respeto de la vida de Moro. La férrea negativa de Giulio Andreotti y Bettino Craxi a negociar cualquier indulto o medida de compensación, porque la democracia de las instituciones estaba primero que las peticiones de grupos anti-Estado. La conmoción de parlamentarios radicales, socialistas y comunistas, como Enrico Berlinguer, solicitando el fin del secuestro. Y para rematar, aquella bitácora conmovedora de un secuestro conocido por todos: las reacciones y la publicación de fragmentos de las cartas que Moro dirigió a su mujer, y las palabras a sus hijos mayores, insistiendo aún en la vía del “Compromesso Storico”, reclamando contra sus camaradas, denunciando que no quería que el terror de Chile se viviera en Italia y, finalmente, develando la tristeza que le producía la traición de sus antiguos amigos, esos camaradas que se negaban a salvar su vida. En una de sus últimas cartas pidió que sus funerales fueran privados, que su cuerpo no fuera visto por la cúpula democratacristiana, que su velatorio fuera con sus más cercanos y que el Papa no estuviera presente.

Así fue que la mañana del 9 de mayo de ese mismo año quedó sellada la suerte del pacto social fundante de la república italiana, y se inició otra etapa, ahora de desvanecimiento y progresiva banalidad política. Aldo Moro fue acribillado y abandonado en el portamaletas de un auto Renault, vistiendo sus ropas de cautivo, en la mitad de Via Caetani, la avenida que une a las sedes centrales de la DC y el PC en Roma. Sin embargo, unas pocas horas antes, el cuerpo de otro político fue encontrado. Giuseppe Impastato, un famoso joven comunista siciliano, defensor de la vía no violenta a la democracia y denunciante permanente de los abusos de la mafia. Fue ejecutado por sicarios y agentes policiales. Su cuerpo fue depositado en las vías del Tren Palermo-Trapani, rodeado de cartuchos de dinamita, simulando la muerte accidental de un inexperto terrorista. El Corriere della Sera, diario de propiedad de Silvio Berlusconi, tituló entonces: “Fanático izquierdista destrozado por su propia bomba en la vía férrea”.

Los funerales fueron multitudinarios. Moro, despedido en dos ceremonias. Un funeral privado con su familia y alumnos y otro organizado por el gobierno. Este último, televisado y duramente criticado por la ciudadanía: Pablo VI oficiando una dramática misa, y la cúpula del gobierno cuidando un féretro que no tenía cuerpo, pues la mujer de Moro cumplió su voluntad, rechazando los honores y pompa fúnebre. Giuseppe, il bimbo Peppino, tuvo un velatorio casi secreto y con prohibición de circulación del féretro por la autoridad de Cinisi. Sin embargo, miles de jóvenes del sur de Italia acudieron a despedirle, en un pueblo que estaba perplejo ante el horror de la mafia y en los extramuros de la gran política romana. Solamente en el año 2002 se condenó a sus autores, con Gino Badalamenti, el mafioso más cercano a la DC de finales de los años 80, a la cabeza con presidio perpetuo.

Ambos homicidios, ejecuciones ilegítimas por parte de quienes se arrogan la justicia fuera del derecho, fueron una clara señal para desbaratar cualquier intento de pacto de gobernabilidad entre los sectores progresistas de la DC y los eurocomunistas. En el caso de Aldo Moro, fue una advertencia a los sectores progresistas democratacristianos de todo el mundo para aplacar cualquier intento de construir una amplia mayoría a favor de la estabilidad en conjunto con la izquierda. Respecto a Impastato, una advertencia para toda la izquierda a fin de inhibir su ingreso al gobierno y erradicar los grupos antimafia de los cuales Peppino era un referente.

Eran los tiempos de la Guerra Fría e Italia la cuna de la DC mundial, la casa de resistencia de sus exiliados latinoamericanos. Los captores de las Brigadas Rojas, si bien fueron enjuiciados y condenados, jamás hicieron declaraciones determinantes y creíbles. Las redes de la operación nunca han quedado claras, pues permanecen bajo secreto de Estado. Sin embargo, las filtraciones de los antecedentes, vinculan a la CIA, a agentes de las dictaduras de Pinochet y Videla como el tristemente célebre Michael Townley, a Propaganda Due (inicios de Berlusconi) y a la mafia en un entramado de influencias y asociaciones ilícitas.

Sin duda, se trataba de fuerzas políticas con poder global. Las mismas que atentaron contra la vida del democratacristiano Bernardo Leighton y eliminaron a la dirección política del Partido Comunista chileno. Ello habría de producir un giro decisivo en la política nacional, cuando, en 1977, la Democracia Cristiana lanzó el manifiesto “Una Patria para Todos”, con el cual abandonaba la línea de “independencia crítica y activa” y asumía resueltamente la lucha contra la dictadura. Las mismas fuerzas oscuras que se vieron involucradas en el envenenamiento del ex Presidente Eduardo Frei y el degollamiento de Tucapel Jiménez. 

Por eso, hoy el legado de solidaridad internacional de Moro está más vigente que nunca. Las visiones de ampliación del espectro político hacia la izquierda son una vía para consolidar una sociedad de derechos garantizados. Si la DC de los 70 tuvo que luchar contra el poder de EE.UU y los abusos e intromisiones de la Guerra Fría, hoy la DC tiene el desafío de imponerse al neoliberalismo económico. A ese pensamiento con vocación universal que provoca que en Chile exista casi un 20% de la población que viva bajo la línea de la pobreza (incluyendo indigentes), mientras 14 connotadas familias están dentro de las 100 más ricas del mundo. Hablamos de una nación pequeña con sólo 16 millones de habitantes y en cuya economía hay únicamente 19 familias con activos que representan el 36% de toda la riqueza que generó Chile el año 2012. La concentración de la riqueza que vemos es vergonzante y la precariedad del respeto a los derechos sociales también.

Hoy, la memoria en torno a Moro y su consecuente testimonio de defensa de los derechos humanos y libertades fundamentales, es también patrimonio de la democracia internacional, y, en el caso de Chile, la evocación de todos aquellos jóvenes de la reforma agraria que se educaron con italianos, aspirando a una economía que los integrara a todos.

Hoy, la memoria de Aldo Moro ilumina los horizontes de transformación y estabilidad, fundados en una amplia alianza de centroizquierda.

*Publicado en Diario El Mostrador, Chile

Anuncios