Con carteles de bienvenida que rezaban “Gracias Qatar por cumplir su promesa” o “Gracias al Emir y a Mozah por su solidaridad”, miles de palestinos recibieron en Gaza el 23 de octubre recién pasado al Emir de Qatar y a una lujosa comitiva encabezada por Mozah Bint Nasser, su mujer. Ese día la diplomacia qatarí acaparó titulares de los más diversos medios internacionales. ¿La razón? La visita oficial del Sheik Hamad Jalifa Al Thani. Es la primera que un jefe de Estado realiza en la Franja Gaza desde que Hamas se hizo del gobierno en el año 2007. Y la primera de un líder árabe desde 1967, cuando Israel comenzó su ocupación de la zona.

Durante horas la agenda del monarca —líder de la Liga Árabe— estuvo destinada a la inauguración de proyectos de infraestructura por un monto de 250 millones dólares, y al reconocimiento en terreno de la nueva capital, Hamad Abad, que se construirá en su honor. Pero lo que generó mayor polémica en las esferas políticas fue el sorpresivo anuncio del “Plan Qatar de rescate para la Franja”. Una alianza estratégica en inversiones públicas de largo plazo. Un símil del Plan Marshall que se propone la consolidación de una economía palestina autónoma, diversificada y con libre competencia para el próximo trienio. La etapa inicial en este trimestre cuenta con 400 millones de dólares para la construcción de un hospital de alto nivel y una carretera costera, el diseño de una reforma educacional y un completo programa de alimentación, entre otros. Todo ello sin injerencia alguna de Israel ni de Cisjordania. Todo ello con miras a la petición de reconocimiento de un Estado Palestino ante la Asamblea General de Naciones Unidas mañana 29 de noviembre.

A partir de esta visita se enfrentan dos paradigmas políticos para Palestina. Uno liderado por Hamas (Movimiento de Resistencia Islámica) —catalogado por Israel y Estados Unidos como agrupación terrorista—, que exige el fin del bloqueo israelí, sean cuales fueren sus consecuencias. Otro, el de la Autoridad Nacional Palestina, la democracia emplazada en Cisjordania, cuyo Presidente Mahmud Abbas, busca el cese de las hostilidades y la consolidación de un Estado Palestino unificado. Ambos requieren financiar una estrategia de desarrollo independiente de las ayudas humanitarias, las que han caído de 1.800 millones de dólares en 2008 a 700 millones el presente año. Agréguese a esto que, hace unas semanas, un informe del Banco Mundial denunciaba la inviabilidad macroeconómica de un eventual Estado palestino, dado el déficit de cuenta corriente y la incapacidad para explotar sus minerales.

El Plan de Rescate promovido por los dignatarios qataríes habría de activar las alertas de Israel. La respuesta de Tel Aviv no se hizo esperar. Esa misma tarde envió aviones que sobrevolaron las fronteras siguiendo los Mercedes Benz de los ilustres visitantes. Luego vinieron los enfrentamientos y la crisis. Durante ocho días —entre el 13 y el 20 de noviembre— los tanques rodearon las fronteras de Gaza y los Altos del Golán. De las acciones militares israelíes y sus ‘rockets’, tres casos de homicidios selectivos (ejecuciones ilegales) marcaron el devenir del conflicto: la violenta ejecución de un discapacitado mental, el ataque al líder de las milicias de Hamás, Ahmed Yarabi, —jefe de las negociaciones con el gobierno de Netanyahu para implementar un plan de paz—, y la ejecución sumaria (e incineración) de diez miembros de la familia de un miliciano de Hamas, fueron todo uno. La respuesta de Hamas y el Frente de Liberación Palestina fue una seguidilla de ejecuciones (derecho de represalia) y una lluvia de misiles de escaso poder destructivo, pero amenazantes, con Tel Aviv y Jerusalén como objetivos.

Así, el pánico y el terror de las víctimas palestinas e israelíes se ha difundido a través de vivas imágenes, despertando la solidaridad de las redes sociales como también el repudio a un modus operandi de agresión que infringe el derecho humanitario. Una reacción militar desmedida y devastadora de la infraestructura civil, amparada en la tesis penal de la defensa legítima frente a lo que se considera una grave e inminente amenaza terrorista palestina. Al 19 de noviembre, según el Centro Palestino para los Derechos Humanos, 58 civiles, entre ellos 18 niños y 12 mujeres, habían resultado muertos y 622 heridos, incluyendo 175 niños y 107 mujeres. Mientras las víctimas israelíes alcanzan, según fuentes oficiales, a 7 adultos, cifra que incluye a 3 civiles.

La tregua de este último episodio del conflicto israelí-palestino se logró el 21 recién pasado con la mediación del Presidente egipcio, Mohamed Mursi, de la Hermandad Musulmana, y de EE.UU. Sin embargo, es un acuerdo verbal de precaria exigibilidad jurídica, que no identifica deberes ni derechos de las partes, tampoco establece la sanción y reparación a los crímenes cometidos. Hasta ahora, al menos, han cesado las hostilidades.

Esto ocurre justo cuando el premier israelí, Benjamín Netanyahu, atraviesa por uno de sus momentos más críticos. Ya en octubre, previendo que el presupuesto de su nación sería rechazado en el Parlamento, y a fin de salvar una crisis institucional, adelantó las elecciones generales para el mes de enero, evitando además cualquier articulación del bloque opositor. Las persistentes marchas de la población civil en pro de una sociedad de derechos garantizados, la eliminación de subsidios para la clase media, los problemas con el servicio militar obligatorio, la renuncia de sus ministros de unidad nacional, la baja estrepitosa en las encuestas desde que asumió el cargo en 2009, y la desafección generalizada hacia su nueva coalición de extrema derecha, constituyen el abanico de problemas que enfrenta.

Es evidente que el actual gobierno de Israel no quiere la unificación de Gaza y Cisjordania como un Estado palestino autónomo, incluso atentando contra las normas y valores humanitarios que le permitieron a sí mismo constituirse en un Estado. Sobre el relato político de la derecha israelí pesan los mismos temores que abrigó Europa respecto de la unificación alemana hace dos décadas. Hoy Alemania es una democracia liberal de amplio espectro político, alejada de las ideologías genocidas. Netanyahu, más que nunca antes, no quiere una Palestina soberana, sobre todo con la ayuda de Qatar. Los temores geopolíticos al plan nuclear iraní, al extremismo antisemita proveniente del Líbano y Siria, o a los palestinos, son mínimos ante el poder emergente de Qatar. El Sheik es un aliado de EE.UU, un nuevo agente controlador de los foros internacionales, de la Primavera Árabe y sus commodities. Además ya ha declarado que buscará la forma de llevar a los estrados de la justicia de derechos humanos a los responsables directos y mediadores políticos de los crímenes contra palestinos, aunque para ello deban crearse tribunales especiales. Tales palabras presagian entonces que el glamur haute couture de Mozah Bint Nasser y su marido, el beduino de Doha —tras ese breve paseo por la empobrecida Gaza— agregará una nueva arista al conflicto.

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